Último escrito al mar

Así que estuviste toda la noche contando estrellas, ¿eh amiga? Hahahaha. Me parece gracioso que aún te tomes esos momentos cuando nuestro día a día comporta tantas preocupaciones. Gracioso e irresponsable también, pero bueno, eso ya es cosa tuya y ahí no me meto.

Verás… desde que recibí tu último mensaje han pasado varios meses ya, y lo siento, pero es que ya lo sabes; no puedo escribir nada si no encuentro un motivo útil, ¿entiendes? Seguro que sí. Han pasado bastantes lunas, pero bueno, eso ya cada una habrá hecho sus cosas y tal… Míralo por el lado positivo, amiga, así nos tendremos más cosas que contar y todo resultará más interesante.

¡Ahh! ¡Antes de que me olvide! Recuerda atar algunas botellas llenas para la próxima vez que me comuniques. Largas noches, poca compañía y antes de darme cuenta, ¡pam! La reserva del capitán ahora es otra caja vacía. Qué desastre. Suerte que encontré la última Sapporo. Qué aprecio les tenía el pillín. No dejaba que nadie se acercase a sus cervezas japonesas. Si te cuento un secreto, tampoco estaba tan buena, pero eso no creo que le preocupe ya a Sir Francklin Drake.

Bueno, voy al grano. Si he vuelto a coger esta dichosa Sholes and Glidden ha sido para sacar algo de provecho y no malgastar tinta. Disculpa mis manazas, este artillero no entiende de finuras. Espero que te llegue en condiciones y lo entiendas todo.

Verás. Esta mañana, mientras ojeaba las trampas para peces que fabriqué, me di cuenta de un fenómeno sin igual. Entre tantos roncos un destello me sorprendió y encontré un precioso pargo-azul-dorado; fue entonces cuando ese extraño y remolón pez me hizo recordar lo que ya daba por olvidado. Lo cogí con mi barreño y me lo quedé mirando. ¡No podía ser verdad! Tras sus ojos de luna estaba ella: Elisabeth. Creo que eres la primera persona a quien le cuento esta historia, pero pienso que lo de hoy ha sido una señal y ha llegado el momento.

Hace unos veinte años atrás, aproximadamente a la mitad de mi vida, yo era muy joven y prometía un gran futuro. Mis padres tenían dinero así que pude permitirme entrar en una buena academia. ¡Estudié humanidades! ¡Sí, yo, este lobo de mar! Pero bueno, este bucanero aún guarda buenos recuerdos de aquellos viejos tiempos. Éramos muy afortunados, ya que solo unos pocos maestros se atrevían a contar eso que para muchos suponía una locura. Pero ahí estábamos, fueron unos duros y entrañables años, y entre ellos nunca olvidaré las mañanas con Caterina. No te puedes imaginar lo revolucionaria que era esa mujer. Había viajado por mil tierras y culturas y en su mente se guardaban las mejores joyas de cada lugar. Gracias a ella yo fui quien soy, y aún guardo conmigo algunas cartas que le escribí aquellos años. Nos enseñó que la vida son caminos, que cuando andamos nos cruzamos con otras personas que comparten y luego se van; y que, en cuidar esos procesos, estaba nuestra mejor maestría.

Pues mira, en esos tiempos en los que acudí a sus clases yo me tomaba muy en serio esas enseñanzas. La respetaba mucho y ansiaba escucharla para aprender. Pero el primer día apareció esta chica y, sin darnos cuenta, esa misma tarde estábamos tomando ron en el bosque; y así fue como me fui olvidando de las clases y mi cabeza se centró en Elisabeth.

Cuando conocí a esa persona, no te imaginas el montón de estímulos que se despertaron en ese momento. Tenía delante todo un mundo entero, y debía poder entrar poco a poco, pero con pisadas firmes. Fue un poco caótico porque desconocía su historia y todo lo que había vivido. ¿Y si le contaba algo que no le gustaba? Sería un tormento que por una tontería pudiera haber despertado algún miedo, inseguridad o prejuicio que se antepusiera entre ella y yo. Y es que era complicado. Debía ir con mucho tacto procurando encontrar y reforzar aquello que nos unía en vez de lo que nos pudiera separar. Yo te diría que lo mejor para empezar fue poner bien la oreja. Debía darle tiempo a quien tenía delante y dejar que se expresase, porque si no caería en un “tira y da” de palabras sin sentido. Conectaba con lo que ella me contaba; si no, no me enteraba de nada y ni comprendía ni se sentía comprendida. ¡Eso sí fue una buena relación! Nos gustábamos porque nos respetábamos. Cuando aparecía, yo me centraba en ofrecer un trato cálido y cercano; y por su parte también me recibía con los brazos abiertos. De tú a tú, sin juzgar ni menospreciar. No era mi vida, así que medía bien mis palabras y respetaba el tono en cómo me dirigía.

Seguramente te estés preguntado: ¿Para qué tantos rituales y parafernalias? Te cuento. Eso se regía por un principio muy básico: Buenos ingredientes y fuego lento. Para mí, cultivar y mimar esos primeros brotes hicieron de aquella una buena amistad. Cuando algo nos unió y nos empezamos a cuidar, ¡Ay Dios!, qué grato se volvió todo.

Y así fue encaminándose nuestra relación. Poco a poco pasamos de presentarnos a conocernos mejor. Al final, dos mundos tan diferentes establecieron su propio lenguaje. Una vía de comunicación que respetaba nuestros sentimientos y emociones. Cada una se expresaba desde su centro conectando siempre con sus necesidades. Éramos flexibles para permitirnos amoldar sin dejarnos llevar completamente para no perdernos. Escuchábamos lo que nos teníamos que decir, preguntábamos y preguntábamos ¡Menudas dos curiosas se fueron a juntar! Pero siempre medíamos para no ser invasivas. Recuerdo cosas que me contaba que me hacían saltar los nervios, se despertaban mil emociones y torbellinos cuando ponía sobre la mesa valores que yo ni compartía. Algunas veces le discutí y me cerré en banda, no lo voy a negar. Pero qué incomprendido me sentía yo cuando ella me reprochaba y se negaba a entenderme. Pero bueno, al final comprendimos que, para ser respetadas nuestras diferencias, debíamos empezar por acoger a la otra, y aunque no lo compartiéramos, nos aceptábamos y eso nos valía.

Nos empezábamos a dar mucho amor, caricias y cumplidos. ¡Cuánto estima! La relación necesitaba de cariño y contacto para brotar en sana luz. Entregar afecto claramente implicaba volcarse y dar a saber que tú estabas ahí, que le importabas, que creías en ella y que, si te quedabas, era para un bien conjunto. Como buenas aventureras sabíamos que a un pájaro se le quería por grande y libre, y nada brillaría si lo enjaulábamos o atábamos con un hilo. Las dos temíamos quedarnos solas, pero si bien nos cuidábamos, bien volveríamos; y si no era así, es que no había merecido la pena. ¡Qué grande fue aprender a querer! Y no nos dejábamos engañar por paparruchadas de novelas. El amor de verdad no dolía.

Eso sí, conocíamos nuestros límites y nos los hacíamos saber constantemente. Con lo bueno que estábamos formando, no podíamos permitirnos que se nos fuera de las manos por malentendidos o invasiones respeto a los quehaceres del otro. Aprender a marcar estos fue uno de los mayores aprendizajes que hicimos nunca. Porque si nos queríamos ayudar mutuamente, necesitábamos de ellos. Yo requería que ella me ofreciera su mano sin caer en ser demasiado protectora, que me tratara no tanto como le gustaba que la trataran a ella, sino como me gustaba que me trataran a mí, y así por ambas partes. El amor daba vida, pero sin límites nos la quitaba; de mientras, estos nos ofrecían un buen marco en el que movernos, pero sin corazón todo perdía sentido.

Y así giró. Giró y giro cómo una eterna noria. Y a cada vuelta, algo se modificaba. Ni era, ni éramos las mismas cada día que pasaba. Y madre mía, cuántos cambios empezaron a ocurrir. Todo daba muchos vuelcos y a veces incluso perdía el hilo de la situación. Pero para eso nos dábamos espacios, para hablar y poder conectar de nuevo. Estar ahí, en eso se basaba. Dejar claro que dabas espacio y ofrecías compañía cuando las partes así lo deseaban. Porqué si, fuimos parte y para relacionarnos con el otro primero debíamos aprender a relacionarnos con nosotras mismas. El tiempo trajo cambios como el mar trae olas, y esto no paró ni parará nunca. Claro que algunas cosas nos frustraban o desagradaban, pero aprendimos a sentirnos y expresar nuestras necesidades. Y parecía mentira, pero soltando la imaginación sacábamos ideas muy originales para afrontar con buena mano el porvenir; y así fue como nos sostuvimos aquellos primeros meses.

Pero entre todo, llegó un momento que vimos cómo nuestros caminos se empezaban a separar, ya no teníamos los mismos intereses ni estábamos tan motivadas a compartir igual. La relación se estaba transformando. Y de nada servía fijar amarras. Nos dimos cuenta de que para sostenernos necesitábamos que la relación rodara como lo hace una pelota suelta sobre una cubierta en un día de mala mar. Empezó nuestro juego, debíamos aprender a direccionar este objeto que alocadamente se movía de proa a popa y de babor a estribor sin un sentido aparente. Comprendimos que necesitábamos cambios, y para que estos se resolvieran, precisaban salir de nuestro interior. Una vez surgían, era el tiempo quien entonces se encargaba de solidificarlos. Nada se podía cristalizar si no lo digeríamos con paciencia. Y en eso tuvimos ritmos y maneras de hacer muy diferentes. Cada una, en su situación, sacaba, trabajaba y procesaba en base a sus necesidades; y para sorpresa de las dos, ya no lo hacíamos conjuntamente. Cómo pudimos pasar del soporte muto al trabajo personal propio… es algo que aún no me explico. Fue más tarde cuando comprendí que eso significaba que alguna cosa habíamos aprendido en ese tiempo. Para mí, se trataba de pensar en el ahora y el momento. Si lo tenía en mente y en ese instante me aceptaba y cuidaba, la fe y la esperanza transitarían hacia mi nuevo yo.

Y cada vez más espacio y cada vez más transformaciones. Hubo momentos en los que caí, es cierto, pero entonces comprendí que soportarme en otras personas, facilitaría en mi la expresión y acompañamiento hacia lo que sucedería. Fue en ese periodo cuando bajar de las nubes y volver a escuchar a Caterina se tornó mi nueva medicina. En esos momentos en los que la maestra me acogió, interioricé que todos teníamos una red de la que formábamos parte. Ahora que Elisabeth no estaba, me puse a cuidar de mi red, como ella debió cuidar de la suya. Acompañaron al que acompañaba. Esa fuerza fue la que nos permitió tomar consciencia de quién éramos y que queríamos ser. 

Caterina me escuchaba, como yo escuché a Elisabeth. Enlazaba conmigo, no me juzgaba, me apreciaba y estaba ahí. Movía sus hilos, esperaba y reconectaba para apreciar los pasos de mi camino. Tanto como me había centrado en la otra chica, ahora era yo el foco de atención de las conversaciones con mi nueva mentora. Ahora me sentía acompañado. Me desahogaba hablando, creábamos nuevos caminos, los transitaba y luego volvía a por más. Ella tomaba su distancia para que yo procesara, ponía los límites por el cuidado muto y sumaba paciencia y energía en mis nuevos giros. Así, poco a poco, surgían oportunidades para que yo escogiera y me fuera dibujando a mí mismo, siempre en quién quería ser. Comprendiendo la realidad, lo que tenía que suceder, sucedía; pero ahora ya lo hacía desde otro yo. Una persona que cada vez sabía mejor qué quería y cómo lo haría.

Y como al principio de todo, la cosa volvía a fluir. Sin darnos cuenta, Elisabeth y yo transitábamos caminos muy diferentes, pero nunca dudé que siempre nos tuvimos en mente. Paso a paso, mis objetivos se cumplían y lo importante es que no eran los que Caterina me había impuesto u orientado, sino los que yo descubría que me hacían sentir vivo y bien encaminado. En nuestra relación, nunca perseguimos un estricto ideal, sino que nos hacíamos una idea de lo que podía suceder y luego nos dejábamos sorprender por lo que sucediera.

En la distancia comprendí cuán tóxico pudo llegar a ser mi transformación para ambas enamoradas; cómo nos pudimos dañar o herir sin quererlo si quiera. Por eso, revisé, acepté e integré mis errores para no volverlos a cometer. Eso sí, tuve que perdonarme y perdonar para poder avanzar. Reservaba la toxicidad para mi trabajo personal, gestionando mis emociones. Así, nuevas personas que se acercaban pudieron gozar de lo positivo que podía aportar. Construía mi seguridad, mi estructura, mi castillo, y ya los otros se relacionaron con este nuevo yo.

Ya trabajado, ya encaminado, sentí que mi deber era dar un paso más hacia delante. Este, con total seguridad tenía que ser un cambio de etapa. Sí, si quería abrir una esta nueva, primero debía cerrar la anterior. Y mi cuerpo me lo pidió. Fueron las lágrimas las que vaciaron todas las emociones que me surgían al recordar los buenos y los malos momentos. Fue mi cabeza la que, después de negar, cuestionar, relativizar y hundirse en frustración; ahora me pedía ajustarse al nuevo cambio. Mente, cuerpo y corazón vociferaban en coro la necesidad de vaciarse para poder volverse a llenar. Y así lo hice, no lo dudé y como el primer día que fluyeron nuestros mundos, ahora me dejaba llevar por las corrientes del futuro.

No quería dejarlo en vano, siempre consideré que era tan importante saber llegar como saber marcharse. Por lo tanto, cuidé esa transición. Mi manera, en ese momento, fue poder escribir todo y plasmarlo, como hacemos ahora, para poder después ser entregado desdel respeto y la libertad. Dejé esa puerta abierta e invité a la otra persona a sentarse y charlar juntas. Lástima fue que ella no quiso transitar por el mismo camino, pero en ese instante lo respeté. Comprendí que como cada persona tiene su forma de aprender, también tiene su forma de cerrar un proceso. Por lo tanto, lo respeté y me ofrecí a mantener esta puerta abierta mientras tanto que era yo quien ya cuidaba bien de mí.

Por parte de Caterina, mi fiel maestra, otra vez fue el tiempo el que nos empujó al inminente cierre. Pero esta vez, como cuando lo hicimos por primera vez, no fue un adiós. Ambas lo sabíamos, ambas lo expresemos a la vez, la bandera era una transformación, un buen recuerdo que se cristalizaba en maravillosos momentos y eternos aprendizajes. Siempre nos quedó el círculo, el olor a té y el calor de nuestros abrazos. Siempre nos quedó EPA y Relaciones, siempre nos quedó una sonrisa en el pasillo, una mirada cómplice, algunos ratos más y un hasta luego, porque a los buenos recuerdos nunca se les dice adiós.

Espero que hayas pasado tan buen rato como el que he pasado yo escribiendo esta carta. Tengo fe en que la encontraras como siempre haces, te tomarás tu tiempo, reirás y lloraras. ¿Por mí? Aquí sigo, sobreviviendo en esta isla. Comiendo, durmiendo, pensando, emprendiendo, cuidándome y arropándome en estas noches de invierno. Hoy me voy a descansar bastante agotado, pero con una eterna sonrisa, esperando, que algún día, el destino nos junte y nos podamos conocer por FIN.

Un fuerte abrazo compañera.

PD: Aquel dulce le leche que me enviaste me alegró mucho la tarde. ¿Como dijiste que se  llamaban? : )