Cartas a Lolaflor

No fue suficiente, no bastó con la protección del grueso cristal. Resbaló, abatida como un pájaro, se precipitó y estalló. Recuerdo los pétalos despojados de su camada, impulsados por el agua, que poco ya les preservaba del frio suelo.

Y después las pisoteo. ¡Que torpe!, ¿es que no fue suficiente con ser victimario accidental de tal desgracia? Menuda vergüenza.

Clavé los ojos, a modo de venganza, esperando que mi mirada causara un choque de atención. Pero, cuando por fin nos crucemos, lo entendí. Creedme, pude verlo. Detrás de la sonrisa y el “perdón”, su luz reflejaba horarios, explotación y cautiverio; en fin, todas las cuentas que le fueron cobradas. Vi el alcohol lubricando las puertas de la ansiedad, la droga apaleando al amor, las paredes ahogando su aura y el monstruo mostrando su cola.

Regresé, pero se fue. Contaban sus compañeras que desapareció, que regresó al nido a buscar alguna cosa olvidada. Quién sabe que, quizás tan solo deseaba soltarse,  tal vez quería sentir el vacío para así estrellarse y derramarse en rotos pétalos.

Susurraban las alcahuetas  que reconstruyó su castillo, barrió las runas de la dependencia y  del miedo y lo armó de aceptación y amor. Y que, aún a día de hoy, se enfrenta a los fantasmas que vienen a rendirle cuentas de una vida pasada. Y quizás, algún día ceda, se suelte y vuelva a surcar el vacío, pero ahora ya conoce a que sabe el cielo, y no le da miedo.

No le da miedo volar.